El mercado de Monteolivete resiste con menos puestos y clientela mayor
El mercadillo semanal de la calle Finestrat, en Monteolivete, pierde puestos y superficie mientras sostiene el comercio de proximidad de un barrio envejecido.

Cada viernes por la mañana, la calle Finestrat se convierte en un pasillo de carpas, carros de la compra y conversaciones. Es el mercado semanal de Monteolivete, en el distrito de Quatre Carreres, un mercadillo sin pretensiones turísticas que, según cuentan vendedores y clientela, cada año ocupa menos calles y reúne menos paradas. Así lo relata un reportaje publicado por Las Provincias desde el propio recorrido.
«El mercado de los carritos»
Los propios vendedores han acuñado el apodo. Vicente, que despacha plantas bajo el mismo toldo desde hace cuarenta años, lo llama «el mercado de los carritos». Merche, responsable de una zapatería ambulante, lo describe con otra imagen igual de gráfica: «Es el mercado del tacatá. La clientela es mayor; el barrio es así».
La escena lo confirma: andadores, carros de la compra que sirven tanto para cargar la bolsa como para apoyarse, y una mayoría abrumadora de mujeres de edad avanzada. Para muchas, ese mercado semanal es la única manera de comprar ropa, calzado, mercería, corsetería, plantas o caramelos a pocos metros de casa, sin depender del coche ni de desplazamientos largos.
Un barrio entre la Ciudad de las Artes y Russafa
La paradoja salta a la vista. El mercadillo se celebra a escasa distancia de la Ciudad de las Artes y del recién estrenado Roig Arena, y linda por el otro lado con Russafa, uno de los barrios más transformados de la ciudad en la última década. Sin embargo, el ambiente de la calle Finestrat pertenece a otro registro: el del vecindario de toda la vida, donde todos se conocen y nadie vocea el producto.
Entre las compradoras, un grupo de amigas —Sofía, Antonia y cinco mujeres llamadas Carmen— ha convertido la mañana en un paseo con bolsas, café y risas. Una de ellas aprovecha para reclamar servicios en su propia zona: viene desde la Fuente de San Luis porque allí no hay mercado, y lamenta que el barrio tampoco cuente con un cajero fijo, más allá de una camioneta que acude de forma puntual para hacer gestiones.
Menos paradas y clientela que no se renueva
La queja más repetida entre los vendedores es la misma: el mercado ha menguado. Antes ocupaba más calles y tenía más puestos. Laia, que atiende una parada de objetos de decoración navideña, lo resume con una frase que explica buena parte del declive: mucha gente del barrio ya no puede salir de casa, y el mercado se ha hecho pequeño con ella.
José Camarasa, que lleva treinta años con un puesto de caramelos y fue alumno del Liceo Corbí, en la propia zona, comparte el diagnóstico. Le preocupa la pérdida de vendedores y la falta de relevo en la clientela: «La gente joven no compra caramelos», dice, en un contexto de fuerte competencia. Aun así, encuentra un hueco de futuro en la herboristería, porque las nuevas generaciones sí buscan plantas medicinales.
Otra tendencia que asoma en los mercadillos valencianos, la ropa de segunda mano, no acaba de cuajar aquí: la demandan sobre todo los jóvenes, que apenas aparecen por Finestrat. Entre las clientas habituales, el fenómeno se mira con ironía y cierta distancia generacional.
Comercio de proximidad en retroceso
El mercadillo de Monteolivete funciona, en la práctica, como una tienda que llega al barrio una vez por semana y se marcha. Es comercio de proximidad en estado puro, el mismo que retrocede en muchos barrios de la ciudad frente a las grandes superficies y las compras por internet. La supervivencia de estas citas semanales depende, en buena medida, de una clientela fiel que cada vez tiene más dificultades para salir a la calle.
Fuente: reportaje de Laura Garcés en Las Provincias.
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Elaborado a partir de información publicada por Las Provincias · València · Fuente primaria: documento original